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Mijal Gur-Aryeh, embajadora de Israel
A dos años de la barbarie. El 7 de octubre de 2023 no fue un día de guerra; fue un día de barbarie. Bajo el mando de grupos terroristas como Hamás y la Yihad Islámica, con el respaldo de Irán, Israel sufrió la peor masacre contra su población civil en generaciones, la peor después del Holocausto. Ese día se asesinó de forma indiscriminada, se violó, se secuestró y se utilizó a seres humanos como moneda de terror. Fue una atrocidad contra la humanidad, que el mundo no debemos —ni podemos— olvidar.
La evidencia es clara. La ONU y diversas organizaciones internacionales documentaron asesinatos masivos, violencia sexual, incendios y la toma de más de 250 rehenes. Hoy, decenas permanecen en cautiverio en Gaza, lo que constituye un crimen de guerra continuado que bloquea cualquier posibilidad de reconciliación.
Los responsables son inequívocos: Hamás y la Yihad Islámica, brazos armados del extremismo islámico financiados por Irán. No buscan convivencia ni paz, sino la destrucción del Estado de Israel y del pueblo judío. Esta lucha no es por tierra: Israel en el pasado entregó territorios a cambio de paz —como en los acuerdos con Egipto— y posteriormente en la franja de Gaza, y lo que recibió de estos últimos fueron oleadas de ataques e intifadas.
El problema es ideológico y educativo: así puede constatarse en los planes de estudio bajo control de Hamás, donde se inculca el odio, la muerte a los judíos y la negación de la existencia de Israel.
Conviene recordar que Israel sí ha demostrado voluntad de paz: con Egipto (1979), Jordania (1994) y más recientemente con los Acuerdos de Abraham. La paz es posible cuando hay reconocimiento mutuo.
Recordar el 7 de octubre no es solo un deber moral, es un llamado urgente a impedir que la barbarie vuelva a imponerse.